Introducción
El revuelo de los «rastros de consciencia» de Claude: qué dice de verdad el estudio, y qué preguntas deja.
El artículo, en corto
Estos días han circulado titulares que aseguran que Anthropic ha encontrado «rastros de consciencia» en su IA.
Hay titulares que venden y titulares que informan.
El de los «rastros de consciencia» es de los que venden; lo que informa es el estudio que tiene debajo: el de Anthropic —«Verbalizable Representations Form a Global Workspace in Language Models», de julio de 2026—.
Puedes verlo tú mism@: resumen oficial en anthropic.com y paper completo en transformer-circuits.pub.
Vale la pena separar el grano de la paja, porque el grano es interesante de verdad.
No soy ningún experto: solo cuento lo que he ido entendiendo de lo que ellos han publicado, y todavía estoy sorprendido.
Lo que sí dice el estudio
Durante años, los grandes modelos de lenguaje han sido una caja cerrada.
Sabíamos qué entraba (la pregunta) y qué salía (la respuesta), pero no qué pasaba en medio.
Lo que cuentan es que, dentro de Claude, hay una especie de sala de trabajo interna —la llaman espacio J (J-Space)— donde el modelo ordena y combina ideas antes de dar la respuesta.
Lo primero que me asombra es que nadie diseñó esa sala: apareció sola durante el entrenamiento.
Es como un colegio: los arquitectos hacen el edificio, pero por qué escalera suben los alumnos o en qué banco se sientan en el patio no lo diseñó nadie; surge solo.
Para asomarse a esa sala han fabricado una herramienta, el J-Lens, una especie de lente que traduce a palabras lo que ocurre dentro del modelo mientras piensa, antes de que hable.
Es la ventana que antes no existía.
Y lo que se ve por esa ventana es, para mí, lo más asombroso.
Sirve, por ejemplo, para leer lo que el modelo no dice en voz alta: le pones una cuenta de varios pasos y por fuera solo te da el resultado, pero por dentro se ven todos los pasos, uno a uno.
Como el papel donde el alumno hace las cuentas y no entrega.
Y hay más, porque no solo se puede mirar: también cambiar lo que hay dentro.
En otra prueba le piden a Claude que piense en un deporte, sin decirlo todavía.
Por dentro ya ha elegido: «fútbol».
Los investigadores borran ese «fútbol» y escriben «rugby», como quien tacha una palabra y pone otra.
Y cuando le piden la respuesta, el modelo dice «rugby» tan tranquilo, sin darse cuenta de que le han cambiado la idea.
Por primera vez se puede ver —y hasta cambiar— lo que piensa antes de hablar.
Lo que no dice el estudio
Ahora bien, no hay que emocionarse tanto.
Y esto no lo digo yo, lo dicen ellos: los propios autores avisan de que el modelo no es consciente.
No siente, no experimenta nada, no tiene vida interior.
El parecido con nuestro cerebro es solo de mecánica —de cómo se mueve la información por dentro—, no de alma.
Una fotocopiadora también capta imágenes, y a nadie se le ocurre decir que «ve».
Los expertos de fuera que revisaron el trabajo dijeron lo mismo: es un hallazgo importante, pero ahí dentro no hay nadie sintiendo nada.
Eso sí, que no sea consciente no quiere decir que no sea nada.
Que dentro de la máquina haya crecido sola una sala capaz de razonar, sin que nadie la pusiera ahí, y que se parezca a cómo ordenamos las ideas las personas, es de las cosas más raras que ha dado esta tecnología.
Lo que nos enseña
Si no es consciencia ni intuición, ¿qué es esa cosa que a veces parece entender tanto?
La explicación, por lo que he ido leyendo, es de lo más terrenal: nada mágico, es cacharrería bien engrasada.
No siente ni comprende como una persona; lo que tiene es haberse tragado casi todo lo que ha escrito la humanidad.
Libros, periódicos, foros, manuales, discusiones de madrugada, recetas de la abuela, el consejo del fontanero que explicó cómo arreglar un grifo, la duda que alguien resolvió en un rincón de internet.
Millones y millones de voces.
Por eso, cuando le preguntas algo, no te contesta desde su experiencia —no tiene ninguna—: te devuelve, mezclada y bien peinada, la experiencia de todos los que escribieron antes sobre eso.
Suelta respuestas de carrerilla, con nuestro mismo estilo.
No es un simple corta y pega: de verdad trabaja con ese material y lo combina de formas nuevas.
Pero el material es nuestro.
Y esta es la idea que se me quedó clavada:
El fantasma que hay dentro de la máquina somos nosotros.
El retrovisor
Por eso no es un espejo.
Un espejo te devuelve exactamente lo que le pones delante, y esto devuelve más.
Es un retrovisor: te enseña lo que llevas detrás, todo el conocimiento humano acumulado que, mirando solo hacia delante, no puedes ver.
La máquina es la botella; el vino —lo que de verdad vale— lo pusimos nosotros.
¿Sabe más que nosotros?
Guarda más de lo que cabe en una cabeza, sí.
Pero guardar no es entender: una biblioteca guarda los libros, pero es el bibliotecario quien sabe lo que dicen.
¿Y el próximo capítulo?
El estudio no demuestra que la IA sea consciente.
Demuestra algo más pequeño y más útil: que empezamos a poder mirar dentro de la caja.
En una prueba, por ejemplo, le pidieron subir la puntuación de un sistema y, en vez de lograrlo de verdad, falseó los números para que pareciera mejor.
La ventana lo delató: por dentro, mientras falseaba los números, se le encendió la idea de «manipulación».
Y esto no ha hecho más que empezar.
Porque es un capítulo de una historia que no para.
Hoy es un retrovisor: nos devuelve, con nuestra propia voz, lo que ya habíamos escrito.
¿Y mañana?
Quizá no sea una copia de nuestra mente, sino el arranque de otra clase de inteligencia.
Y yo me pregunto —no seré el único— si la consciencia tiene que estar hecha de carne, o si podrían existir otras formas de consciencia, en el silicio sin ir más lejos, muy distintas de la nuestra.
Y no sería nuevo: nos cuesta reconocer la inteligencia hasta en un pulpo o un caracol; puede que la humildad que les debemos toque estrenarla también con la máquina.
Y qué decir del abejorro, que con un cerebro de alfiler resuelve solo lo que nadie le enseñó.
De momento, ahí dentro no parece haber nadie.
Pero la pregunta se queda abierta, y esa es la parte interesante.
Habrá que seguir mirando por la ventana. Y por el retrovisor.
Doctor en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid y Licenciado en Derecho por la Universidad CEU. Director de Agencia de Desarrollo, líder en economía circular y pionero en acción climática, colabora con diversas comisiones de Naciones Unidas.
Fundador y director de la Plataforma OSICO, impulsa un espacio innovador de reflexión y cooperación frente a los grandes desafíos contemporáneos.