
Fuente: Osico
Hablar de contaminación no es hablar únicamente del aire. Es hablar también del agua que bebemos, del suelo que cultivamos, del ruido que afecta a nuestro descanso y de la contaminación lumínica que altera ecosistemas enteros. Es un entramado de impactos que se retroalimentan y que condicionan nuestra salud, nuestra economía y la forma en que organizamos la vida en las ciudades.
Sin embargo, en el debate público solemos reducir esta complejidad a discusiones simplificadas. Un ejemplo claro es el coche eléctrico: convertido en símbolo de progreso, pero también en objeto de polarización. En OSICO trabajamos precisamente para evitar estas trampas narrativas, construyendo discursos basados en evidencia, pensamiento circular y una comprensión profunda de cómo funcionan los sistemas urbanos.
Hoy hablamos del aire, pero este es solo el primer capítulo de un ciclo que exige conocimiento, honestidad y voluntad colectiva. Cuando la complejidad se simplifica en exceso, la ideología ocupa el lugar del análisis, y eso nos aleja de la justicia climática, económica y social que necesitamos.
Lo que revela la ciencia cuando mira desde el espacio
La contaminación atmosférica no es un fenómeno lineal ni uniforme. Depende de procesos químicos, patrones de movilidad, decisiones urbanísticas, hábitos sociales y del tipo de energía que alimenta nuestras infraestructuras. Por eso, dentro de nuestra serie «Retos reales del desarrollo circular», analizamos el espejismo de las “cero emisiones”.
Un estudio publicado en «The Lancet Planetary Health» (23 de enero de 2026) por la Universidad del Sur de California combinó datos de matriculación de vehículos eléctricos con mediciones del instrumento TROPOMI del satélite Sentinel-5P. El análisis, realizado en 1.692 zonas de California entre 2019 y 2023, mostró un patrón claro:
Por cada 200 vehículos eléctricos adicionales, el NO₂ descendía un 1,1 %.
Una reducción modesta, pero significativa, porque el NO₂ está directamente vinculado a motores de combustión y problemas respiratorios.
Tendencias similares se han observado en Europa, documentadas por Copernicus y la Agencia Europea de Medio Ambiente. La ciencia es clara: «la electrificación reduce el NO₂». Pero la historia no termina ahí.
La otra cara del aire: partículas que no desaparecen
Los coches eléctricos eliminan las emisiones del tubo de escape, pero no eliminan las partículas finas (PM2.5 y PM10), responsables de miles de muertes prematuras cada año. Estas partículas provienen del desgaste de frenos, neumáticos y del polvo resuspendido, independientemente del tipo de motor.
Estudios recientes del «Virginia Tech Transportation Institute», del consorcio «e’misia + EIT Urban Mobility + Transport for London», y del «Karlsruhe Institute of Technology (KIT)» muestran que:
– el frenado regenerativo reduce las partículas de freno,
– pero el mayor peso de los vehículos eléctricos puede incrementar el desgaste de neumáticos,
– y los neumáticos son ya una de las principales fuentes de microplásticos en el medio ambiente.
La electrificación mejora el aire, sí, pero no resuelve por completo el problema de las partículas. Y estas partículas no solo afectan al aire: acaban depositándose en suelos, cursos de agua y ecosistemas, ampliando el impacto más allá de la atmósfera.
El sistema energético: la huella depende de dónde viene la electricidad
El impacto ambiental del coche eléctrico depende del origen de la energía. En países con alta penetración de renovables, la reducción de emisiones es muy significativa. En otros, donde el carbón o el gas siguen dominando, parte del impacto se desplaza a las zonas donde se ubican las centrales térmicas.
Los informes del «ICCT (2025)» y de la «Agencia Internacional de la Energía (IEA) en sus Global EV Outlook 2024–2025» coinciden:
la electrificación siempre mejora el balance global, pero la magnitud del beneficio depende del sistema energético que la sostiene.
La ciudad como variable decisiva
Los datos satelitales muestran que las ciudades que más mejoran su calidad del aire no son solo las que electrifican su parque móvil, sino las que combinan esa electrificación con:
– movilidad activa (caminar, pedalear),
– transporte público robusto,
– zonas de bajas emisiones bien diseñadas,
– urbanismo de proximidad,
– reducción del espacio destinado al coche.
Oslo o Ámsterdam son ejemplos claros: la electrificación funciona porque forma parte de un ecosistema urbano coherente. En ciudades dispersas y dependientes del coche, los beneficios son mucho más modestos.
La electrificación es necesaria, pero no suficiente
El coche eléctrico reduce el NO₂, disminuye el ruido urbano y facilita la transición hacia un sistema energético más limpio. Pero no resuelve por sí solo los problemas estructurales de un modelo urbano basado en la dependencia del automóvil:
– congestión,
– ocupación del espacio público,
– desigualdad en el acceso a oportunidades,
– contaminación del suelo y del agua por desgaste de materiales,
– ruido asociado al tráfico,
– contaminación lumínica vinculada a infraestructuras viarias.
La verdadera transformación requiere un enfoque sistémico: electrificación, sí, pero también rediseño urbano, transporte público de calidad, infraestructuras para caminar y pedalear, políticas de proximidad y una planificación energética alineada con los objetivos climáticos.
La salud pública: el coste invisible
La contaminación —del aire, del agua, del suelo, del ruido y de la luz— tiene un impacto directo en la salud. Enfermedades respiratorias, cardiovasculares, trastornos del sueño, estrés crónico, alteraciones hormonales y pérdida de biodiversidad forman parte de un coste que rara vez aparece en los debates políticos.
Recordarlo no es alarmismo: es justicia. Justicia climática, económica y social.
Nota metodológica
Los datos utilizados en este análisis proceden de estudios revisados por pares y de informes de organismos internacionales. Entre ellos destacan investigaciones sobre emisiones no-de-escape realizadas por:
- Kreider, M., Panko, J., & McAtee, B. (2010). «Physical and chemical characterization of tire-related particles». Science of the Total Environment.
- e’misia & EIT Urban Mobility. (2024). «Non-Exhaust Emissions in Urban Mobility».
- Grigoratos, T., & Martini, G. (2015). «Brake wear particle emissions: a review». Atmospheric Environment.
- ICCT. (2021). «A global comparison of the life-cycle greenhouse gas emissions of combustion engine and electric passenger cars».
- IEA. (2023). «Global EV Outlook 2023».
Estas fuentes coinciden en que la electrificación reduce de forma significativa las emisiones de gases de efecto invernadero y el NO₂, aunque advierten que las partículas procedentes del desgaste de neumáticos y frenos siguen siendo un reto ambiental relevante.
Narrativas que transforman: la mirada de OSICO
En OSICO defendemos una comunicación basada en evidencia, capaz de ir más allá de los eslóganes y de las falsas dicotomías. Creemos en la tecnología como aliada, pero también en la necesidad de comprender sus límites para integrarla de forma inteligente en sistemas urbanos complejos.
Trabajamos para construir narrativas que conectan ciencia, diseño y naturaleza, y que ayudan a instituciones, empresas y ciudadanía a tomar decisiones informadas.
El coche eléctrico es parte del camino, no el destino.
La contaminación es más compleja de lo que parece.
Y solo con datos, pensamiento sistémico y voluntad colectiva podremos construir ciudades que funcionen como verdaderos ecosistemas.
Doctor en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid y Licenciado en Derecho por la Universidad CEU. Director de Agencia de Desarrollo, líder en economía circular y pionero en acción climática, ha colaborado con diversas comisiones de Naciones Unidas.
Fundador y director de la Plataforma OSICO, impulsa un espacio innovador de reflexión y cooperación frente a los grandes desafíos contemporáneos.